El día más triste del año

Ya sé que para ti es un buen día, porque es tu cumpleaños, porque es tu aniversario, porque estás disfrutando de las vacaciones que tanto te mereces, porque acaba de nacer tu hija o a lo mejor hoy es su primer día de guardería, porque has aprobado las oposiciones o por fin trabajas en algo que tiene que ver con lo tuyo y te gusta.
Pero para mí hoy es el día más triste del año y no porque sea el Blue Monday ni ninguna cosa comercial de esas. Yo hoy lloro ríos de lava, se me cae la piel a tiras, me nace del estómago un agujero negro que me arrastra a la nada y crece un grito en mi alma que me deja sorda, ciega y muda.

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Control+Z

Control y Z se encontraron, se cayeron bien e incluso se gustaron, pero el caso es que nunca lograron hacer nada juntos.

Perro negro

Me encanta observar desde la ventana de la cocina cómo los primeros rayos de luz se asoman en el cielo parisino mientras un café humeante me calienta las manos, pero hoy es 7 de enero, tenemos la reunión de después de las vacaciones y nos han convocado antes, así que veré amanecer de camino al metro.
Antes de tocar el frío pomo del portal de casa me calzo los guantes y al poner el primer pie en el asfalto, un perro negro me asalta, mordiéndome a la altura del tobillo. Casi pierdo el equilibrio al zafarme de él, pero lo logro con un movimiento brusco de pierna y me vuelvo a meter en el portal de casa para comprobar el alcance del bocado. Parece que no ha conseguido clavar sus dientes en mi carne pero… maldito perro del infierno, de dónde habrá salido.
Y otra vez repito la operación, salgo de casa y ahí está el rottweiler mirándome fijamente, frente a mí, retándome ¡Qué absurda situación! Voy a llegar tarde a la reunión por el perro este. Me persigue, se pone en medio, me ladra y me muerde el pantalón para que no avance y a pesar de que me siento como un niño asustadizo, me armo de valor y con un considerable retraso consigo llegar hasta la boca de metro. Una vez allí, el perro se para en seco y se queda ladrando sin llegar a bajar las escaleras, sin quitarme los ojos de encima y yo corro despavorido bajando los peldaños de dos en dos, aunque ya no tengo edad para eso.

Encuentro un momento de tranquilidad al sentarme en el vagón y quitarme el abrigo, pero tengo una sensación extraña, de desconcierto, de inquietud. Tengo tantas preguntas en la cabeza… hay tantas cosas que no entiendo… Quién es su dueño, por qué no llega a morderme… Ese perro del diablo es igualito al de ‘La profecía’ y en la película, su aparición precede al suicidio de la niñera de Damien.

El perro negro ha hecho que me retrase 15 minutos y entre que salgo del metro y llego a la sede de la revista son otros 5 minutos. Probablemente ya habrán comenzado sin mí. No me lo puedo creer. Justo arriba de las escaleras me está esperando, pero cómo ha llegado hasta aquí… Otra vez la misma historia, me muerde el pantalón, los voy a tener que tirar a la basura. Todo el mundo por la calle me mira y ya me da hasta la risa. Aquí estoy yo, arrastrando al perro, que está colgado de mi pierna, como hacía antaño mi hermano pequeño.

Por fin llego al portal de la revista y dejo tras la puerta al perro ponzoñoso desgañitándose con sus ladridos del inframundo. Desde luego, con esta anécdota ya tengo material para hacer una buena tira para la revista, solo hay que encontrarle la parte humorística ¡Ya lo tengo! El perro es musulmán extremista y no le gustan mis viñetas en Charlie Hebdo.

 

El 7 de enero de 2015, el semanario satírico Charlie Hebdo sufrió un atentado en su sede central de París a manos de dos hombres enmascarados de Al-Qaeda que con fusiles de asalto mataron a 12 personas e hirieron a otras 11 en respuesta a la crítica humorística hacia la violencia del extremismo islamista que reflejaban muchas de sus viñetas.

 

Miope

Había un ceda el paso como la copa de un pino. Tenía el señor un ceda el paso delante, así que tenía que haber esperado a que yo pasase con mi vehículo. Ya sé, mi bicicleta no abulta mucho y yo hago de carrocería, pero ¿cómo pudo decir que no me había visto? Que pruebe a ir al oculista, por favor. Yo también soy miope y hace años que llevo gafas, gafas que por cierto están bajo los neumáticos de su coche.
De la bici también me olvido, pero es que las gafas las necesito, así que aquí estoy. Debería volver a mirarme la graduación para hacerme unas gafas. Es muy urgente, ¿sabe? porque solo tengo unas de repuesto que son muy viejas y que tienen menos dioptrías que las gafas siniestradas.
Nunca hubiera pensado que me iba a aumentar la miopía tanto en tan poco tiempo. Esta montura me gusta ¿Me pueden colocar los cristales en este mismo momento dada la urgencia? Sí, espero.
La miope se sentó en la silla y ciertamente de lejos no conseguía ver con nitidez. Esas gafas viejas le daban un aire de empollona mojigata insoportable pero es que además no le servían de mucho. De cerca, el óptico era un joven muy interesante. Había estado observando con detenimiento el marcado perfil que delimitaba su sinuosa boca. Ahora solo veía un bulto desenfocado que, ella intuía, estaba colocando los cristales en la montura.
Por fin, ya estaban listas sus gafas nuevas. El joven se las daba en una funda con una bolsa, pero la miope guardó las viejas y las nuevas se las llevó puestas. Cuando cruzó la óptica en dirección a la salida se sorprendió porque había mucha gente en la tienda en la que no había reparado antes.
Y salió a la calle con la misma mirada de siempre pero con diferente prisma, con la perspectiva que te dan unos cristales nuevos que le dicen adiós a la miopía. De camino a casa volvió a reparar en la cantidad de gente que había por la calle, mucha gente mayor que parecía acompañar a otras personas y que, ante la imposibilidad de andar a su ritmo, iban detrás de ellos con la lengua fuera.
La miope pensó entonces en lo duro que tiene que ser hacerse mayor y ver cómo tu cuerpo no responde como antes, pero lo que más le dolió a la miope fue la indiferencia que provocaba en sus hijos que sus padres no pudieran andar a su ritmo. Entonces deseó tener a su padre para caminar junto a él. Demasiados pensamientos negativos encadenados que la miope supo cortar a tiempo antes de sucumbir en la melancolía y la depresión. Ya hacía dos años que su padre había muerto y casi lo tenía superado.
Al llegar al portal, un vecino que acaba de entrar le abrió la puerta. Iba con sus padres. Hacía mucho que no los veía y la miope no sabía si estaban en el pueblo o se habían muerto. Se metieron todos en el ascensor. Ellos al fondo y la miope en la puerta, ya que era la primera en salir. Conversaciones de ascensor al margen, a la miope le extrañó un poco que los padres del vecino no dijeran absolutamente nada. El caso es que tampoco hubo mucho tiempo para hablar.
Nada más entrar en su casa, la miope se dirigió al baño para analizar cómo le quedaban las gafas nuevas, pero al situarse frente al espejo, lo vio. Era su padre. Detrás de ella. Se giró. Allí estaba. Había venido a buscarla. En ese mismo momento el médico certificaba la hora de defunción a su madre. El conductor del coche salió ileso del accidente.

 

Mujeres

Hubo un tiempo en que a las mujeres se les exigía ser guapas para prosperar. Aunque no lo creas, no hace mucho tiempo, las mujeres no podían tener pelos en las piernas ni en las axilias y las compresas y los tampones eran considerados bienes de lujo con el máximo porcentaje de impuesto. Tampoco hace tanto, las mujeres cobraban menos que los hombres haciendo el mismo trabajo y siempre tenían a un hombre que mandaba más que ellas.

Te parecerá mentira pero yo he vivido la época en la que las mujeres tenían que elegir entre ser madre y trabajar, en la que cuando volvían de la baja por maternidad no sabían si iban a poder incorporarse de nuevo, si iban a poder acogerse a la reducción de jornada o si iban a poder tener un horario que pudieran compatibilizar con el cuidado de sus hijos, porque en esa época, seguía siendo la mujer la que tiraba de la casa y de la prole.

Y eso ocurría en las sociedades más avanzadas porque en otros países, las mujeres en el paritorio no empujaban cuando el médico les decía que iba a nacer una chica, ya que suponía otra boca que alimentar. En otros sitios, los padres pagaban dinero a los novios de sus hijas para que se casaran y se hicieran cargo de ellas, aunque éstas tuvieran 14 años y estuvieran cubiertas por una túnica para que no provocaran con su pelo, con sus curvas, con su pintalabios…

Tuvo que pasar algo, algo muy gordo para que los hombres se dieran cuenta de lo importante que son las mujeres. Y pasó, la naturaleza se rebeló contra ellos y de repente, no nacía ninguna mujer. Todos los bebés en el mundo eran hombres y lo que en un principio pareció una casualidad, se convirtió en una emergencia mundial. Sí, podían congelar todos los óvulos de todas las mujeres vivas pero si no nacían niñas, la especie humana sería finita.

A partir de ahí, todo cambió y el mundo se convirtió en lo que hoy conocemos, pero te cuento esto porque nunca debemos olvidar el pasado, no vaya a ser que caigamos otra vez en él.

Un hipster de escaparate

Pensó el golpe de efecto perfecto. Se encerraría en un escaparate durante un fin de semana para promocionar su último libro. El frío del invierno no le amedrentó. Una manta de Ezcaray le daría calor. No tenía cama, pero sí una tienda de campaña y un saco de dormir. En su época en los boy scout había aprendido a sobrevivir en medio del bosque, cómo no lo iba a hacer en un escaparate en el centro de la ciudad.

Agarró una silla de los años 70 tapizada con tela verde caqui, acercó una mesilla con una lamparita que no daba luz puesto que la electricidad estaba cortada, se cubrió con la manta de Ezcaray y aunque obviamente ya lo había repasado mil veces, allí se colocó, detrás del cristal, a leer su último libro. Era un maniquí humanoide que fomentaba la lectura.

Al principio se sintió como uno de esos animalillos enjaulados que miran hacia el exterior con tristeza sin saber que la ciudad es una cárcel todavía más grande. No sabía reaccionar cuando un niño se soltaba de la mano de su madre para apoyar su nariz en el cristal, formando un círculo de vaho que iba creciendo hasta que desaparecía súbitamente cuando le tiraban del brazo para continuar el camino.

Pero conforme fueron pasando las horas, se fue sintiendo más a gusto. Esa sensación comenzó justo en el momento en el que cogió su ordenador y comenzó a escribir. A pesar de la oscuridad, se le encendió la luz, vio claro el argumento y se metió de lleno en su nueva novela. Lo que en un principio iba a ser un fin de semana se convirtió en un contrato indefinido. Dos palabras que juntas resultan tan extrañas que las nuevas generaciones no logran comprender por mucho que se explique.

Todos os preguntaréis cómo logró sobrevivir este escritor en un escaparate abandonado y algunos de vosotros, los más sibaritas, si ese habitáculo estaba entregado al característico olor que contiene una tienda de campaña al desplegarse tras un invierno de letargo. Sabed que el restaurante de al lado fue su principal aliado. Le suministró comida y un aseo para su higiene personal. Así que no penséis que su barba se debe a la desidia o una moda pasajera. La causa la encontraremos en un auténtico mimetismo con la propia historia de su nuevo libro, ‘Un hipster de escaparate’.